El estadio de Sarrià, el campo que consolidó al Espanyol de Barcelona

Estadio de Sarrià en los años 70 / RCDE

El recinto periquito, demolido en 1997, cumple ahora 100 años desde su apertura; allí se anotó el primer gol de la historia de la Liga, obra de Pitus Prat

Nada queda del imponente estadio de Sarrià, la que fuera la casa del Espanyol de Barcelona durante los 74 años que transcurrieron desde su inauguración (1923) hasta su demolición (1997). Pero permanece en el recuerdo de los aficionados al fútbol en general y de los periquitos en particular. Allí, entre otras historias, se anotó el primer gol de la Liga (1929), obra del blanquiazul José Pitus Prat. Aquel encuentro, por cierto, terminó con victoria local por 3-2, idéntico resultado que reflejó el marcador del último partido disputado en ese emplazamiento. Este 18 de febrero se cumplen 100 años de su apertura, y una exposición en el Dipòsit del Rei Martí repasa su trayectoria hasta el día 28.

Rebobinemos para empezar. La afirmación con la que comienza este reportaje es relativa. Sí queda algo del viejo Sarrià más allá del recuerdo: los jardines del campo de Sarrià, el parque rodeado de pisos emplazado en el otrora rectángulo de juego. Del mismo modo, la Fundación RCDE acaba de instalar una placa donde se levantaba el feudo en el que se vivieron los mejores y los peores momentos de la entidad blanquiazul, incluida la trágica muerte de un joven aficionado alcanzado por una bengala durante un Espanyol-Cádiz. Guillermo Alfonso Lázaro tenía apenas 13 años aquel marzo de 1992. Era la primera vez que iba al campo.

Los orígenes

Pero vayamos poco a poco. El Espanyol nació en 1900 sin la fuerza que lo había hecho el Barça de Joan Gamper. De hecho, cesó un tiempo su actividad en 1906 ante la imposibilidad de presentar un equipo digno, pero la entidad se refundó en 1909. En 1911, el equipo se instaló en régimen de alquiler en el conocido como campo de la calle Muntaner, en el que era su sexto recinto deportivo, algo que entraba dentro de la lógica, dado que el aumento del interés por el balompié y la incipiente urbanización de la ciudad obligaba a los clubes a cambiar a menudo de sede y buscar lugares más amplios y alejados del centro, como se explica en Así ha cambiado Barcelona por el fútbol en poco más de 100 años.

Sea como fuere, el Espanyol, ahogado por las deudas, dejó ese campo en 1923 y se instaló en Sarrià, y en ese cambio, cuenta la historia, tuvo que ver el mismísimo Gamper. Según ha llegado a nuestros días, el fundador del Barça era cliente de la barbería Pinto o Pintó, en la ronda Universidad, y allí también acudía de forma habitual Genaro de la Riva, exjugador y presidente del club perico en el momento de esta anécdota, que debió ocurrir alrededor de 1922. Al parecer, el barbero y Gamper comentaban lo negro que pintaba el futuro para la entidad blanquiazul, pero ninguno de ellos se percató de la presencia de De la Riva, que saltó como un resorte: “Mientras viva, les será muy difícil acabar con el Espanyol, y si no dispone de un campo donde disputar sus partidos, no se preocupe, que yo me encargaré de adquirirlo”. Cumplió su palabra y pagó de su bolsillo los terrenos del futuro Sarrià.

La primera piedra

Algo se le debió pegar al Espanyol de la Sagrada Familia –sus primeros partidos los disputaba cerca del templo expiatorio– porque el estadio de Sarrià tampoco parecía que fuera a terminarse nunca. La primera piedra se colocó el 31 de diciembre de 1922 en el lugar elegido, una finca conocida como Can Poc Oli, de unos 18.000 metros cuadrados y que incluía una casa torre de dos plantas y terraza conocida popularmente como el Chalet, emplazada detrás del gol sur y que en sus inicios se usó como vestuarios, enfermería, gimnasio y oficinas. El arquitecto navarro Matías Colmenares se encargó del proyecto por el que la instalación debía dar cabida a unas 40.000 personas merced a dos gradas: una lateral y una en el gol norte. Pero tardó décadas en tener esa capacidad.

A pesar de la demora de la construcción, el campo se inauguró con lo puesto el 18 de febrero de 1923, a las 15.15, con motivo de un Espanyol-Sants (4-1) correspondiente al Campeonato de Cataluña. El primer gol del nuevo coliseo lo transformó Vicens Tonijuan, motivo por el que se le dedicó una de las puertas del estadio, y otra de las anécdotas es que el colegiado de aquel encuentro fue Enrique Peris de Vargas, que había sido el primer futbolista en vestir 200 veces la camiseta del Barça. A finales de julio se retomaron las obras con la intención de que estuvieran listas en octubre, pero la empresa adjudicataria atravesó graves problemas económicos y todo quedó a medias. Es más, la tribuna principal no se inauguró hasta 1925; el aforo aumentó entonces hasta los 15.000 espectadores.

Títulos, goles para la historia… y la guerra

Superadas las zozobras de años atrás, el Espanyol logró confeccionar un equipo muy competitivo a finales de la década de 1920 con el portero Ricardo Zamora al frente. Y ese bloque conquistó el primer título en el nuevo estadio, el Campeonato de Cataluña 1928-29, tras derrotar al Barcelona (2-1) el 25 de noviembre de 1928… el mismo día que se estrenaba la cubierta de la tribuna principal. Los éxitos de aquel once siguieron con la victoria en el Campeonato de España, contra el Real Madrid (2-1) en Mestalla, el 3 de febrero de 1929, solo una semana antes del estreno de la Liga, la nueva competición, en el que el conjunto blanquiazul fue muy protagonista con un gol inolvidable.

A las 15.10 del 10 de febrero de 1929 echó a rodar en Sarrià el primer balón de la historia de la Liga. El público no mostró demasiado interés en aquella competición, ya que el campo registró media entrada. Pero cinco minutos tardó en subir el primer gol al marcador, obra de Pitus Prat ante un Real Unión peleón, que llegó a igualar un 2-0, pero acabó sucumbiendo 3-2 pese a los esfuerzos. Zamora, por cierto, fue el portero menos goleado de la temporada, y con su salida –lo fichó el Madrid– y la de otros compañeros –el club no podía afrontar los salarios ofrecidos en aquella creciente profesionalización– se inició un lento declive, un periodo de austeridad, de apuesta por la cantera. Después llegó la guerra civil española.

Cambio de propiedad

Después del conflicto bélico, entonces sí se tomaron medidas para acometer reformas estructurales, como instalar un bar bajo la tribuna y ampliar los vestuarios en el Chalet, todo ello bajo la batuta de un De la Riva que entendió en la década de 1940 –en la que el Espanyol ganó su segunda Copa de España, otra vez tras derrotar al Madrid (3-2)– que tenía que dar un paso al lado y venderle el estadio al club. La operación se demoró por diversos incumplimientos de la misma entidad y de la Federación Española de Fútbol (FEF) hasta que, en 1950, se rubricó el cambio de propietario por cinco millones de pesetas. Pese a que todo llegó a buen puerto, se perdieron años valiosísimos para generar ingresos que ayudasen a reforzar la plantilla.

La siguiente década fue casi definitiva para el futuro de Sarrià. En 1951, año en el que el Espanyol derrotó al Barça 6-0, el club demolió el Chalet para levantar otra grada (con capacidad para 11.000 personas) y aumentar el aforo hasta los 26.000 espectadores. Asimismo, hubo que reubicar los vestuarios y la enfermería. Y la buena marcha del equipo llegó a plantear el proyecto Gran Sarrià, que pretendía contar con asientos para 60.000 aficionados, aunque, una vez más, la obra quedó a medias y apenas se inauguró la nueva tribuna principal para que en el campo cupieran 35.000 pericos.

Recalificación y venta

La historia del Espanyol es una montaña rusa de emociones y gestiones mejorables. En la década de 1960, por poner un par de ejemplos, el equipo sufrió dos descensos mientras, en paralelo, llegó a jugar en Europa y fichó a Lazslo Kubala y Alfredo Di Stéfano. En la parcela económica, la falta de tesorería llevó a la entidad a tratar de recalificar los terrenos del estadio para su posterior venta, sin éxito. Siguió intentándolo a partir de 1970, ya con Manuel Meler en la presidencia, aunque en esos años tanto el coliseo como el club lograron su mejor etapa. Incluso la entidad compró unos terrenos adyacentes y pudo construir una tribuna lateral cubierta, enfrente de la tribuna, para 8.000 espectadores, todos sentados.

El Mundial-82, celebrado en España y en el que el estadio de Sarrià fue sede, sirvió de excusa para terminar las obras pendientes y dejar el campo con un aforo de 42.000 personas. Pero la decepción de Leverkusen (la derrota en la final de la UEFA de 1988 pese a la ventaja por 3-0 del partido de ida) dio paso a una larga travesía por el desierto que afectó a las parcelas deportiva (dos descensos, en 1989 y 1993) y económica, sin olvidar la muerte del joven Guillermo alcanzado por una bengala. Por todo ello, en 1995, el club presentó al Ayuntamiento de Barcelona su propuesta de recalificación urbanística para construir 700 pisos en los terrenos y poder pagar buena parte de su deuda, que ascendía a 11.000 millones de pesetas (obtuvo 9.600 millones por la venta). El último partido, el 21 de junio de 1997 ante el Valencia, terminó con victoria local (3-2) y apenas tres meses después, el 20 de septiembre, la demolición se retransmitió en directo. El Espanyol se instaló entonces en Montjuïc, hasta que construyó su nuevo estadio, entre Cornellà y El Prat, el RCDE Stadium, inaugurado en 2009.

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