El malogrado escritor y director de cine era un apasionado de este deporte, que consideraba un rito con un lenguaje propio que supo descifrar
Que una de las frases («El goleador es siempre el mejor poeta del año») de Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975) esté destacada en la portada de Palabras de fútbol no es casual. Porque, aunque hoy este deporte de masas es un negocio en su parte más visible, no deja de ser un elemento social y cultural, del que pueden beber los eruditos sin temor a morir envenenados, aunque muchos se resistan.
El malogrado escritor (poeta, ensayista, novelista) y director de cine nunca escondió su pasión por el balón, ni tuvo reparos en reconocer que su caso no era habitual, dada su profesión creativa. Así, su relación con el fútbol queda perfectamente recogida en El fútbol según Pasolini (Ed. Altamarea), una obra en la que se recogen su visión y afirmaciones como la que sigue: «Los del deporte son poco cultos y los de la cultura poco deportistas. Yo soy una excepción». No hace falta decir nada más, que diría aquel.
‘Tifoso’ del Bolonia
Pasolini era, ante todo, un ciudadano curioso y observador. Y entendía que el fútbol era una actividad muy presente en la sociedad, en todos los niveles, así que la integró en su obra como algo normal, sin dedicarle un especial interés. Él se apasionó por el balompié en la niñez y en la juventud, en su Bolonia natal, de ahí que fuese un aficionado del Bologna. También de la Roma, pues la vida lo empujó a simpatizar con los giallorossi. Pero eso es secundario. O tal vez no. Todo suma y forma al hombre.
Para él, el fútbol era libertad. Y «la última representación sagrada de nuestro tiempo», según respondió en una entrevista para L’Europeo en 1970. «Es rito en el fondo, y también es evasión. Si otras representaciones sagradas, incluso la misa, están en declive, el fútbol es la única que nos queda», continuó. Aun así, para él era mucho más, era un espacio en el que descifrar el cuerpo –músculos, tendones, su punto de erotismo– y conocer a las masas. El resultado, a fin de cuentas, era lo de menos. Importaba más lo que lo rodea.
Su tercer placer
Del mismo modo, Pasolini transitó por todas las fases por las que camina todo buen aficionado al balompié –y alguna más–: forofo, futbolista, narrador, cronista e intelectual, que son los capítulos del libro que se comenta. «Ser seguidor de un equipo de fútbol es una enfermedad juvenil que dura toda la vida», decía. Como también aseguraba que, «después de la literatura y el eros», el balompié, «el opio del pueblo» (pero un opio «terapéutico»), era uno de sus grandes «placeres». El tercero de su listado, vaya. «Las dos horas del forofo (agresividad y fraternidad) en el estadio son liberadoras: aunque respecto a la moral política, o a la política moralista, son alienantes y evasivas», reflexionaba.
Para terminar, merece la pena recuperar sus pensamientos sobre el lenguaje del fútbol y en el fútbol. «Los periodistas no son más que unos escritores, que, para vulgarizar y simplificar conceptos y representaciones, se valen de un código literario, digamos –por permanecer en el ámbito deportivo– de segunda división». También consideraba que «el football es un sistema de signos, o sea un lenguaje […] Los cifradores de este lenguaje son los jugadores, nosotros, en la grada, somos los descifradores: así pues, poseemos en común un código», en el que los pases son las «palabras» y el discurso, «un conjunto de pases». En efecto, el fútbol se dice que tiene un lenguaje universal. Como Pasolini.

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