El ensayo ‘La infumable jerga futbolera, informativa y publicitaria’ deja en evidencia la terminología empleada en la narración deportiva
Ramón Albero Gamboa (Zaragoza, 1947), médico jubilado, es doctor en Medicina y Cirugía y ha ejercido como endocrinólogo. Sabe bien, pues, de la importancia del lenguaje, dado que una explicación incorrecta o ininteligible en su profesión puede suponer la muerte de un paciente o un estropicio mayor del que presentaba.
Sin embargo, Albero también es futbolero, un deporte en el que habitan no pocos comunicadores que utilizan el vocabulario sin rigor ni precisión, y en el que los errores cometidos por uno los van repitiendo quienes le siguen. Así que, para un purista del castellano, ver un partido es una mezcla entre el disfrute y el mal rato.
Errores habituales
Estas contrariedades las dejó por escrito cuando aparcó la bata blanca en el libro La infumable jerga futbolera, informativa y publicitaria (Ed. Círculo Rojo), un ensayo cuyo título lo dice todo, y en el que, en 22 capítulos, pone encima de la mesa todas las incorrecciones y los atropellos lingüísticos que se producen en la narración de los partidos.
En cierto modo, recoge el guante de Fernando Lázaro Carreter y sus dardos lingüísticos y, de hecho, recupera algunas de las expresiones que ya denunció el lingüista tiempo atrás, como estar el portero «bajo palos», confundir altura y «envergadura», «señalizar» una falta, y el excesivo, injustificado e incorrecto uso de «sobre» en lugar de preposiciones más adecuadas en cada caso. Pocos se libran de la purga, aunque no da nombres.
Complejos idiomáticos
Pero Albero no se queda ahí. Critica también los complejos idiomáticos de tantos locutores que abusan de extranjerismos o los que, creyendo pronunciar bien nombres y ciudades extranjeros en la lengua original, tal vez contagiados por la entonación inglesa, lo que hacen es… el ridículo. O los que usan expresiones rimbombantes en lugar de echar mano de la sencillez y la precisión de la lengua española, que tiene recursos para todo.
El autor no deja pasar ni una, y todas sus reflexiones y apostillas las hace a partir de ejemplos reales que ha escuchado en la televisión. Es verdad que, en ocasiones, eleva la anécdota a categoría, pues parece que no le gusta ya no solo el mal uso de la lengua, sino el argot balompédico en general, pero en el 99% de las ocasiones lleva razón.
Verbos, adjetivos, topónimos…
De este modo, lo repasa todo. Porque todo se puede decir bien… o mal. Desde los topónimos y antropónimos hasta el tiempo atmosférico y el cronológico, la anatomía de los jugadores, verbos mal empleados, preposiciones, perogrulladas, queísmo y dequeísmo, los símiles empleados por los locutores, los adjetivos y adverbios. ¡Todo!
Emplea para ello una fórmula didáctica, en la que se supone que una familia está viendo un partido de fútbol en televisión y va comentando cada error del locutor, aclarando por qué está mal lo que dice y cuál es la formulación correcta. No obstante, si existiese tanta corrección en las narraciones, no tendría sentido Palabras de fútbol.

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